Surge un conflicto entre áreas. Algún dato no cuadra, dicen unos; el procedimiento no es el correcto, dicen los otros. Se avecina una función de box. Cada bando convoca a sus gladiadores más fuertes mientras se decide dónde se verificarán las hostilidades. Los hay de peso completo, que van acompañados por un gran elenco que incluye a su acondicionador físico-analista-de-Excel, su masajista-redactor-de-justificaciones, su sparring-abogado-del-diablo.
Los gladiadores de cada bando se preparan. Cada uno se coloca la máscara que la situación demanda. En la primera reunión, los jerarcas de cada bando definen las nuevas reglas, el trofeo, cuántos rounds, lo que está en juego.
En la segunda junta se afinan las reglas. Algunos no estuvieron presentes en la primera junta, así que no entienden nada y se les ofrece una amplia, actualizada y maquillada explicación, que toma partes de la realidad y las mezcla con residuos oníricos de los narradores. Varios siguen sin entender nada. Los gladiadores de peso completo siguen calentando; hay mucho boxeo de sombra en los pasillos. Todo parece listo para que la pelea se inicie en la siguiente sesión.
A la siguiente reunión llega todavía más gente. Otra vez hay que explicarle a los novatos, y a algunos de los veteranos también, qué está pasando. En esta ocasión se presentan los bufones, varios de cada bando: cabriolas y maromas alrededor del problema, chistes malos pero abundantes, reverencias barrocas a ritmo de cascabel y la sesión termina sin un ganador. Se programa un nuevo round.
Y de nuevo los bufones. Y más gente. No hay sangre, no hay golpes certeros, ni tampoco algún argumento filoso. Sí hay mucho sudor y pujidos; pero no hay realmente una pelea.
Y así siguen las reuniones. Cada una es una versión suavizada de la anterior, con nuevos disfraces y colores.
La paradoja es esta: las reglas dicen que mientras no caiga alguno, la pelea seguirá. Pero si la pelea termina ¿qué vamos a hacer con nuestro tiempo? ¿Qué postura va a tomar el sindicato de bufones? ¿A qué se van a dedicar las voluptuosas vedettes que con vistosas pancartas vaticinan el próximo round? ¿Qué vamos a hacer con nuestras elegantes máscaras? ¿Qué explicación le vamos a dar al proveedor de golosinas?
Así que la pelea tiene que seguir y seguirá durante infinidad de rounds de bufonería y acrobacia verbal. Porque lo importante es el show, no la decisión.