Aunque no lo creas, los mitos forman parte de la forma en que tomas decisiones. No me refiero a los mitos en su acepción cotidiana, que los confunde con mentiras, sino al mito en sentido riguroso. No voy a comentar aquí sobre los mitos incrustados en la cultura nacional, sino sobre aquellos que permean la frontera organizacional y afectan la forma en que las personas deciden dentro de ella y los mitos que la misma organización genera.

Un mito es la forma narrada de un símbolo. Es decir, los mitos son narraciones cuyo núcleo o eje es algún símbolo. Muchas veces este símbolo permanece oculto debido a la cotidianidad de su uso y ya no nos preocupamos por él.
A su vez, un símbolo es un objeto que representa a algo, pero no de forma directa e inequívoca, como el signo “$”, que representa dinero, sino una significación más compleja, que no es posible interpretar si no se comprende todo el sistema de símbolos en una cultura organizacional. En otras palabras, los símbolos nos permiten dar sentido a los hechos y objetos de la vida organizacional cotidiana.
(Como contraejemplo, las computadoras son incapaces de atribuir significado a un hecho: lo único que pueden hacer es traducir un signo en otro, a través de una serie de reglas unívocas que aplican a conjuntos predeterminados de signos.)
Un ejemplo de mito es el mito de El Crecimiento. En un blog próximo sobre pequeñas empresas exploraré con más detalle este mito, ya que este mito tiene la capacidad de destruir muchas buenas pequeñas empresas al obligar a sus dueños a transformarlas en mediocres empresas medianas, en las cuales los valores que los clientes apreciaban se van dejando de lado, quedando sólo una empresa de mayor tamaño [1].
Los mitos, como todos los elementos de la cultura, han sido aceptados y asimilados tácitamente, lo que los vuelve invisibles: una vez que hemos asimilado la narración, los símbolos operan en el trasfondo de nuestra actividad diaria según el ritmo marcado por el mito: llegan momentos de decisión en los que ya nadie cuestiona si crecer es bueno, de la misma manera que nadie cuestiona si más tecnología es mejor, o que se necesite un capataz para sacar los proyectos adelante.
El mito, como muchos elementos de la cultura, facilita la vida: una vez asimilados los mitos, ya no es necesario hacer una investigación exhaustiva, científica, para la gran cantidad de pequeñas decisiones cotidianas que debemos tomar [2]. Esto no quiere decir que con la guía de los mitos se tomen las decisiones correctas. En frases como “me late”, así como cuando recurrimos al intuir y al “sentir” al tomar decisiones, estamos siendo arrastrados a la parte irracional de la organización, que es donde florecen los mitos. La síntesis de todas estas pequeñas decisiones da lugar a características organizacionales insospechadas y al choque de mitos: el mito de la eficiencia suele entrar en conflicto con el mito de la persona.
El mito explica en buena medida por qué actuamos como actuamos, por qué en las organizaciones hacemos cosas que vistas fríamente son irracionales. Tomemos por ejemplo el mito de la tecnología, que tiene su versión más rica en el mito de Prometeo. Muchas organizaciones han asumido como verdad incuestionable la narración de que toda tecnología nueva es mejor. Pero ¿te has preguntado qué tan necesaria es la nueva tecnología? Por ejemplo, ¿sabes qué fracción del CPU de tu computadora realmente usas? (Sin contabilizar, desde luego, la carga de CPU cuando juegas Assassin’s Creed Brotherhood durante las juntas). Diversos estudios demuestran que la mayor parte del tiempo, el CPU de las computadoras está esperando una respuesta o un click del mouse por parte del usuario. Pero el mito de la tecnología es tan poderoso, que muchas personas, al oír comentarios como el de este bloggero, desencadenan una serie de respuestas y racionalizaciones que justificarían cualquier nueva tecnología, aunque racionalmente sea innecesaria.
Algo similar ocurre con el mito de El Plan: ¿conoces a alguien que se atreva a decir que para su trabajo no tiene ningún plan? ¿Alguien que afirme “Aquí somos como una banda de perros callejeros: nunca sabemos qué vamos a hacer mañana”? Nadie. Y de todos esos que dicen tener un plan ¿conoces a alguno que lo siga? Yo conozco muy pocos. Porque el plan (ese mito) no es más que una narración basada en cosas que valoramos, símbolos como el orden y la previsión. Lo importante es presentarse ante los demás como una persona ordenada, previsora, analítica. La implantación o la ejecución no son valoradas al mismo nivel porque implican meterse en problemas, atender retrasos, arremangarse la camisa, atorarse en conflictos, meterse al lodo, desarrollar tareas de poca creatividad, etc. La realización de un plan no suele tener colores tan llamativos como su creación.
A pesar de la crisis y de la previsible recesión global, no hay escasez de mitos: entrar a una organización es vadear en mitos como el del líder, el de la racionalidad, el de la eficiencia, el de la persona, el de Aztlán (que en su versión moderna es el de los “nuevos mercados”), el mito del futuro y sus Casandras, el de la Caperucita Roja, etc. Aunque algunas disciplinas tienen más ceguera ante el mito, hay mitos para cada gusto: por ejemplo, para los informáticos dos mitos apropiados son Prometeo y el Golem.
Rápidamente, déjame enunciar algunas características adicionales del mito:
- Los orígenes del mito se pierden en el pasado: nadie sabe desde cuando creemos lo que creemos y por qué actuamos como actuamos.
- Existen mecanismos organizacionales para preservar los mitos, como cursos, congresos, bonos, expediciones de gotcha, etc.
- La gente que se llama racional es la menos capaz de descubrir los mitos que la guían.
- No se puede atender el llamado del mito de forma aislada; es necesario estar empapado en la cultura de la organización.
- Paradójicamente, la burocracia [3] reduce el impacto del mito en las decisiones.
El hombre moderno se enfrenta a una fuerte tensión: su condición de animal social le impide vivir la vida sin mitos pero el paradigma moderno de la organización, que incluye los modelos económicos actuales, no deja lugar para los mitos [4]. Sin embargo, cada decisión que tomamos, en esencia plena de incertidumbre, es guiada por el mito.
El mayor peligro que el mito representa para las organizaciones es que es invisible para quienes viven en ellas. El truco entonces es aplicar las herramientas adecuadas para descubrir los mitos nocivos para la organización y cambiarlos. Sólo entonces estaremos contribuyendo al cambio organizacional profundo.
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[1] E. F. Schumacher, Small is beautiful,
[2] Algunas referencias sobre la importancia del mito son Gabriel, Y., ed. (2004). Myths, Stories and Organizations, Oxford: Oxford University Press; Campbell, J. (1999). El Poder del Mito. Barcelona: Emecé Editores; Chevalier, L., Gheerbrant, A. (1996) Dictionary of Symbols. London: Penguin Books
[3] En el sentido de Max Weber y Henry Mintzberg, no en el sentido coloquial.
[4] Muchos modelos de decisión descartan el poder del mito arrojándolo a ese enorme cesto de basura llamado “error estadístico”.