Playground Inc.

Ademir me comenta que cuando observa las organizaciones en México siente que está en el patio de juegos de una escuela primaria. Cada quién quiere poner las reglas a su gusto. Además, las reglas se cambian a cada momento, según los intereses que unos logran imponer a los otros.

PlaygroundParecería que es algo genético en los mexicanos ya que como señalara Díaz-Guerrero [1], a la hora de trabajar estamos más interesados en divertirnos que en trabajar. Pero otros amigos me comentan que les ha tocado ver que  algunos  directivos extranjeros que vienen a México acaban por adoptar el esquema mexicano y tarde o temprano se entregan a una forma de trabajo lúdica y caprichosa, incomparable con lo que harían en sus países de origen. ¿Será que a fin de cuentas  en México todo se vale y ellos pueden dar rienda suelta a lo que les encanta hacer pero en su país no podrían? ¿O será que la cultura es tan poderosa que doblega a los vikingos, bretones, celtas, samuráis y manchegos que llegaron con la intención de llevarnos al orden?

Pero ¿qué es un juego? De acuerdo con los antropólogos, un juego es una actividad social que no tiene otro fin que el placer de realizarla.  A diferencia de las ceremonias, que tienen el fin explícito de  realzar el status de alguien; o las bodas, que son un rito para dar a conocer a una comunidad que fulanita y perenganito son, a partir de ahora, una pareja, así que guarden sus distancias.

Suena la campana y empieza el recreo: se acabaron las reglas y salimos al patio a hacer lo que nos dé la gana (aunque no todo: no siempre es bien visto que le astillemos un palo en la cabeza a nuestros compañeritos). Pero muchas reglas sí que se pueden cambiar: a qué jugamos hoy, quién está en cada equipo, qué nuevas reglas hay para saltar la cuerda, cómo correr a toda velocidad atropellando a todos en el patio, etc. Los demás nos dejan hacer porque ellos quieren hacer lo propio.  Y así, el de ventas lanza una campaña que le permite exceder sus metas de ventas a costa del tipo de producción, que a su vez genera grandes cantidades de desperdicio y horas extra, que al de finanzas no le hacen ninguna gracia, mientras que el insaciable gordo de compras nos espanta con oscuras historias de terror que justifican su incontrolable necesidad de atiborrar sus inventarios, sin importar que el producto quede obsoleto en un trimestre.

Según la opinión de este humilde bloguero, esto se debe a que en México el compromiso es un valor pasado de moda para muchos y que huele a rancio para muchos otros. En nuestro país lo divertido no está en jugar según las reglas, sino ganar según las reglas no escritas o, simplemente, echando las reglas por la borda. Al iniciar el juego aceptamos seguir las reglas pero todos saben, excepto los novatos, que inmediatamente todos encontrarán la forma de saltarse las reglas. Y claro, buena parte del juego, como señalan Argyris y Schön [2], consiste en fingir que se siguen las reglas, en un típico proceso de camuflaje.

Siempre podremos argumentar que los compromisos se rompieron porque la situación económica cambió drásticamente, o porque el nuevo esquema estratégico de la organización no se ajusta, o porque el personal ___(incluya aquí lo que quiera)____ , o bien porque el liderazgo del cacique en turno no lo permite, o porque todo se está viendo afectado por el calentamiento global. [4]

E incluso cuando se te acaban las excusas, tampoco hay problema: como me dijo alguna vez un directivo [3] cuando le reporté los avances de unas juntas para establecer la misión de la organización, en las que yo funcionaba como enlace: “Cuauhtémoc, déjalos que escriban lo que quieran; al final, nosotros hacemos lo que queremos”.  Aquí ya estamos jugando juegos de ligas mayores.

Si no hay consecuencias personales, no hay problema, y por eso sigue vivo el rito de los compromisos y las reglas: lo importante es que el rito se lleve a cabo para apaciguar a los amargados espíritus que medran en los rincones organizacionales, cuidando que se establezcan compromisos. El rito exige que te comprometas ante un público de ejecutivos que amenazan con cobrarte el más mínimo desvío, que te angusties, que sientas el fuego cerca. Pero los guardianes del rito dan por terminada su tarea cuando entregas la lista de compromisos; como todo rito, sus intenciones originales se pierden en el pasado y ya nadie las recuerda, de manera que lo que pase después de que te comprometas públicamente ya no importa. ¿Para qué complicar excesivamente el rito con seguimientos e indicadores a cumplir?

Los juegos no tienen por qué ser simples e inocuos. ¿Qué mejor oportunidad que algunos no cumplan sus compromisos si estás en una posición de poder sobre ellos? Los tienes del pescuezo (“by the balls”, dicen en el idioma de Shakespeare, pero no sé qué signifique eso) y les puedes pedir lo que sea con tal de no delatarlos: entre la espada y la pared, los obligarás a internarse en el pantano, realizando todo el trabajo sucio que se requiere (pero que no conviene que salga a la luz)  para que te proyectes a nivel planetario. Cuando ya no tengas más que exprimirles, esa fábrica de evasiones de  compromiso que es la organización ya te habrá provisto de una buena cantidad de nuevos  esclavos, así que ya no necesitas a los anteriores; puedes despedirlos, olvidarlos o enviarlos a alguna sucursal remota, en la que morirán sin que nadie recuerde su paso por la organización.

Y ¿por qué no, avanzando la idea del párrafo anterior, en vez de esperar a que alguien caiga en la telaraña, mejor creamos reglas, como los casinos, en las que a la larga todos pierden? ¿Los dejamos jugar, inocentes creaturas, y en cuanto vemos a alguno cerca del precipicio, cerca de la franja que divide el bien del mal, pisando el umbral de lo detestable, desencadenamos alguno de nuestros esbirros para que le dé un ligero empujón? ¿No es este juego más divertido? ¡Tú pones las reglas! ¡Tú eres el dueño de Playground Inc.! ¡Just do it!

Pero no dejemos que nuestras profundas perversiones nos desvíen del tema. Todos sabemos que si los compromisos no tienen consecuencias personales, nos podemos comprometer a lo que sea. Mañana, cuando suene la campana, volveremos al recreo, reinventaremos los juegos y los juegos de ayer quedarán en el olvido.

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[1] R. Díaz Guerrero, Psicología del Mexicano. Ed. Trillas, 1988.
[2] Argyris, C., Schön, D. Organizational Learing. Addison Wesley.
[3] Esta frase me la dijeron a la cara, frente a frente, sin pestañar ni sonrojarse. Dato importante para aquellos que todavía creen en el polígrafo.
[4] Jacobo Neuman ha escrito un libro al respecto y llama a esta actitud la Esquezofrenia: ” Es que no me avisaron; es que no sé cómo; es que …”.

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