De Telenovela

Estoy en Cd. Obregón, Sonora, disfrutando una machaca en el aeropuerto. La TV está a todo volumen y poco a poco me succiona hacia la trama de una tensa telenovela, cuyo nombre afortunadamente no registré. Y entonces empiezo a sudar frio y sentir, no miedo, sino pavor: los monstruos más monstruosos de las organizaciones, aquellos que me he dedicado a describir y analizar, son simples personajes de telenovela. Ahí está el malo, el transa, la prosti organizacional, el parásito, el esclavo, gente desenfrenada y presa de sus pasiones. En menos de lo que tardo en ponerle salsa a mi burrito, el guionista ya le dio varios topetazos y uppercuts virtuales a los derechos humanos, a la igualdad de género, a la meritocracia y a la abolición de la esclavitud.

No sé si las telenovelas son copia de la realidad, o si la realidad se ha ido acomodando a las telenovelas. Pero la cosa es que entre la realidad de muchas organizaciones y la realidad que dibujan las telenovelas no hay ninguna diferencia a nivel psíquico.

TVmonsterSmall-300x236La pregunta de por qué actuamos como actuamos es profunda y ha ocupado una buena cantidad de tiempo y esfuerzo de investigadores serios y de bloggueros cínicos como yo. El hecho es que buena parte de lo que determina nuestro actuar son los imaginarios, colectivo y personal, que hemos construido a través de nuestra vida. Paradigma y cosmovisión [1].

¿Lo que quiero es lo que yo quiero o es lo que otros quieren que quiera? O más cercano a este blog ¿lo que hago es lo que yo decidí hacer o es lo que ocultas fuerzas, externas a mi control e invisibles para mí, me obligan a hacer? ¿Soy yo el que decide o es algún oscuro guionista de telenovelas organizacionales?

El problema no me parece trivial. Nuestra concepción del mundo determina las acciones que tomamos, incluida la decisión de cuestionar nuestra concepción del mundo. Por supuesto que un actor de telenovela que dedique más de dos minutos a reflexionar acerca de su posición en el mundo de la acción social y las consecuencias éticas de dicha ubicación llevaría el rating a los suelos. Pero así como resulta inconcebible que un actor de telenovela se entregue a estas reflexiones, la mayoría de la gente no espera que su cacique

personal (o jefe, como prefieran llamarle) se aparte a un solitario enclave a reflexionar acerca de si tiene o no razón en gritarle a sus subordinados, o si debe elegir a sus subordinados según su lealtad o según su desempeño, o si el violentómetro que está en el pasillo sirve para algo más que tapar un agujero en la pared [7].

Si creemos que la realidad es una realidad socialmente construida [3], más escalofríos nos abrazan: tal vez en el origen las telenovelas no hicieron más que señalar y acrecentar algún rasgo maligno del cacique. Recordemos que Heller [2] proporciona poderosos argumentos para perder la esperanza de que algún día los caciques se den cuenta de que ser cacique no es éticamente adecuado y de que los esclavos se den cuenta de que no necesitan al cacique.

En un proceso de reforzamiento avasallante, como en un espejo que amplificara nuestro acné, la gente vio al cacique en las telenovelas y lo aceptó: las telenovelas, de por sí acríticas, fueron creando modelos de cómo debe ser el otro y cómo podemos ser ante el otro [4]; aparecieron nuevos papeles, de manera que ya hay al menos un papel que cada vidente puede desempeñar: no tienes que ser el galán de la telenovela, puedes ser el chofer-espía, que se asemeja más a tu chamba día-a-día. Y el cacique, que no fue cuestionado oportunamente por su primera barrabasada, se sintió autorizado a cometer una barrabasada más grande. Y el paradigma que va tomando forma lleva a la gente a aceptar al cacique, porque en las telenovelas lo vemos y en las telenovelas nos vemos.  El cacique cuestiona cada vez menos el ser cacique: “si todos me aceptan como soy, es porque soy maravilloso, y puedo ser más maravilloso”, piensa el cacique. Y las telenovelas pintan caciques cada vez más bárbaros y esclavos cada vez más sumisos y reptantes.

La seducción de las telenovelas está en que no hay restricciones a los deseos e impulsos: los actores mienten, ofenden, engañan, abusan y agreden a otros sin ningún remordimiento ni consecuencia. El guionista de la telenovela nos permite saber lo que piensan todos; somos cómplices y confidentes, y vemos a los actores como ratones en un laberinto. Y  los esclavos no se revelan. ¿Y por qué habrían de revelarse? ¿Quién quiere ser expulsado de la telenovela? Todos saben que  si sobreviven suficientes capítulos en la organización, llegarán a ser el tirano y les tocará ofender, violar, golpear, castigar y todo aquello que su cerebelo proponga.

El problema no es que las telenovelas pinten a caciques bárbaros o que los caciques organizacionales sean bárbaros. El problema es que la gente ya no percibe diferencia entre la realidad (organizacional) y el mundo de las telenovelas [5]. En otras palabras, las telenovelas y la vida organizacional tienen tanto en común que las telenovelas ya no son ficción: son realidad. Lo que es ficción ahora es el discurso de aquellos áridos blogueros que todavía creen que se pueden entablar relaciones laborales cooperativas y basadas en la ética y la razón. ¿Para qué martirizarnos pensando en otra realidad posible si en esta ya encontramos nuestro rinconcito, en el que podemos pasar desapercibidos del cacique? ¿Para qué buscar otro árbol si la banda de simios que estamos en este ya nos acomodamos, aunque sea en las ramas más bajas? [6]

Tal es el poder de las telenovelas.

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[1] Aquí el significado de paradigma es el original de Kuhn (1970, The structure of Scientific Revolutions,) y cosmovisión es el de la sociología, como en Lax (Narrativa, constructivismo social y budismo, 1997)
[2] Agnes Heller, Sociología de la vida cotidiana
[3] ver, por ejemplo, Berger y Luckman La construcción social de la realidad.
[4] Olmedo (2003) Interacción, conocimiento y cambio organizacional, Lagares.
[5] La mayoría de la gente afirma que su organización no es en realidad una telenovela. Pero al analizar conversaciones organizacionales, hay frases que delatan; por ejemplo “Mi jefe quiere que…” o “No le gustó a mi jefe el…”. Estas frases indican que, como en las telenovelas, el jefe  está autorizado a ser caprichoso y hedonista, presa de sus instintos y ajeno a la razón, porque su papel así está diseñado. Lo verdaderamente grave es que la gente no conciba otra forma de realizar el papel de jefe.
[6] A aquellos que alguna vez han contemplado dejar la comodidad del árbol comunitario se les sugiere leer El miedo a la libertad, de E. Fröm
[7] El violentómetro es una escala desarrollada por el IPN, que se presenta en forma de cartel y en el que se ordenan los distintos niveles de violencia. Estos incluyen violencia verbal y física. Se puede encontrar en ViolentómetroIPN

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