Competitividad 1

Hace algunos días escuché un pedazo de entrevista en el que se comentó que el problema de la competitividad en México es la educación. La debilidad del argumento que sustenta esta afirmación, que es digna de mi colección de demonios, me llevó a escribir esta entrada.

Pero antes de revisar por qué el argumento me parece débil, ofrezco algunas ideas sobre competitividad. A diferencia del concepto de productividad, para la competitividad no existen conceptos y definiciones claras o unánimes.

Peor aún, la competitividad es una de esas variables que intuimos que corresponden a un proceso, pero del que en realidad sólo podemos observar los resultados, no el proceso en sí (un poco como el Big Bang: suponemos que algo pasó porque hay estrellas y hay galaxias en expansión, y una sospechosa radiación de fondo permea todo el universo, pero no podemos decir exactamente qué sucedió). En el caso de la competitividad, la prueba de que se es competitivo es que se gana participación con los productos y servicios que se ofrecen en un mercado relativamente eficiente (a diferencia de mercados con procesos como el dumping, que artificialmente permiten que los productos de un país ganen mercado).

Analizar la competitividad nos enfrenta a un problema: ¿Qué factores causan la mejora en competitividad? ¿Qué procesos están involucrados? ¿Cuáles son sus efectos? Como punto de partida, podríamos tomar la afirmación: “La educación mejora la competitividad”.  Pero ¿por qué no al revés: “La competitividad mejora la educación”? Cualquier economista de café puede desarrollar una cadena causal para cada una de estas afirmaciones y hacerla válida. Esto se debe a que no hay una relación directa entre educación y competitividad, sino una red de relaciones, que involucran el mercado de trabajo, la inversión productiva, la innovación, las prácticas de gobierno y muchos otros aspectos.

Entre paréntesis, cabe preguntarse ¿El incremento  en la productividad conduce a un incremento en competitividad? La respuesta en general es no, o un sí con muchas condiciones: sí, cuando la competencia se basa en precio y nuestra mejora en la productividad es mayor que la mejora en productividad de los competidores. Como contraejemplo, México es competitivo en turismo de playa, aunque no es el país más barato; esto es así porque en ese sector la competitividad se debe principalmente a la disponibilidad de recursos naturales, no a la productividad.

El argumento expuesto en la entrevista me parece débil por lo siguiente:

  1. Es cómodo.  No se buscaron otros factores ni se analizaron las interrelaciones entre factores, limitándose al primer factor encontrado, que en este caso ya se volvió un lugar común.
  2. Desvía la atención.  Se pasa la responsabilidad de la baja competitividad del país a ciertos actores e instituciones, ajenas a nosotros, y que ya con frecuencia son lampareados en los medios. Sin embargo, no explica por qué un país como Argentina, con un índice de educación superior al de Suiza (0.946 vs. 0.936 en 2009), no forma parte de los países con muy alto nivel de desarrollo humano (UNDP, Human Develpment Report, 2009, http://www.beta.undp.org/undp/en/home.html).
  3. No se reconoce el aspecto dinámico del fenómeno de la competitividad: por ejemplo, ¿cuánto tarda un país en mejorar el nivel educativo? ¿Cuánto tarda esa mejora en traducirse en mejoras en competitividad? ¿Qué están haciendo otros países?
  4. No reconoce el aspecto multifactorial del problema. Además del componente educativo, existen muchos factores que afectan la competitividad de un país, como son ubicación geográfica, dotación de recursos naturales, prácticas de gobierno y prácticas empresariales, por mencionar algunos.
  5. No reconoce el impacto de la política nacional. Recordemos que la estrategia de  Japón en mercados internacionales se basa en la estructura de Keiretsu. Actualmente, los países asiáticos cuyo desarrollo nos sorprende siguen políticas industriales que les permiten hacer crecer sus cadenas productivas fácilmente. Flanders señala distinciones esenciales sobre la inversión en Brasil y China que le invitan a uno a reflexionar: ¿qué tan eficiente ha sido la inversión en México en términos de competitividad?
  6. No revela el papel de los empresarios. Hay que recordar que buena parte de la competitividad se basa en innovación, pero la inversión en investigación y desarrollo (I&D) en México es de las más bajas en la OECD. Prácticamente la única inversión en I&D es la que hace el gobierno y las universidades.

En suma, el argumento es débil no porque señale la educación como un factor importante de la mejora en competitividad, sino porque desvía la atención de otros factores, igualmente importantes. En otras palabras, mejorar la educación no basta para mejorar la competitividad. Se presenta un factor necesario como si fuera el factor suficiente.

El reto es diseñar una política para mejorar de competitividad del país. El problema es bajo qué mecanismos diseñarla, ya que puede haber caminos que nos alejan de este propósito. Por ejemplo, en el reporte del WEF del 2008 (podría ser cualquier otro año y otra variable), se incluye la incidencia de paludismo como uno de los factores que afectan la competitividad, pero en ese reporte no aparece la obesidad, que es un problema de salud más grave en México. ¿Debemos entonces olvidarnos de la obesidad y enfocarnos en acabar con el paludismo para mejorar la competitividad?  Suena raro. Pero el misterio desaparece cuando recordamos que el Índice de Competitividad Global (GCI ) del WEF está diseñado para evaluar la conveniencia de invertir en un país, no para diseñar políticas de mejora de competitividad. En otras palabras, es un índice útil para los inversionistas, no para los diseñadores de política pública. Así que dejando ese índice de lado, debemos dedicarnos descubrir qué hacer para que las empresas en nuestro país ganen participación en los mercados, y más aún, ganen participación en mercados de alto valor.

¿Qué se puede hacer? Pues muchas cosas, pero por lo pronto reconocer que los problemas en el sistema educativo no son lo único que impide mejorar la competitividad. Además de mejorar el sistema educativo debemos atacar las deficiencias en otras áreas, como innovación, calidad en el servicio, etc. Enfocarnos en un solo factor es la mejor estrategia para seguir igual.

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