Cactus

Valentina ve venir el organimoto cultural en su organización [1]. Impotente, asombrada, no le queda más remedio que agarrarse a los elementos menos frágiles a su alcance. Ni los escritorios ni los certificados ni la antigüedad resistieron, y fueron arrasados por el vendaval. Sufrió pérdidas irreparables: el cactus que adornaba su escritorio, esa ventana al mundo que le traía imágenes de pájaros, flores y aire limpio, fue declarado “vegetal non-grato” y decomisado, quedando sólo la árida planicie gris de su mínimo escritorio.

Cactus Y todo esto ocurrió porque la empresa estadounidense D adquirió a la empresa mexicana A, cambió las oficinas a un lugar menos costoso y aprovechó el movimiento para “cambiar” la cultura organizacional.

Las prácticas de la nueva cultura incluyen que sólo puedes tener una foto sobre tu escritorio. (Raymundo se enoja, porque su corazón alberga varios quereres, cuyos rostros sonrientes son como viento para ese cansado velero que es su función organizacional. “¿En qué cabeza cabe que sólo puedes amar a una mujer?”, gemía en el men’s room.)

Otra práctica en la nueva cultura es que puedes hacer home office, lo que aterra a muchos que saben que en su casa serán seducidos por los canales de futbol o el refrigerador. No más escritorios de tamaño creciente según el nivel jerárquico. No más mobiliario de caoba para la élite. No más oficinas cerradas, así que no más llamadas íntimas a tus acreedores desde tu escritorio.

En cuanto al reino vegetal, Valentina supo de la prohibición porque encontró sobre su escritorio un paper slip que le indicaba que las fuerzas nocturnas del orden detectaron un objeto no autorizado sobre su escritorio y procedieron a removerlo (sic), y que podía recogerlo en la oficina de Corrección Espiritual y Buenos Modales al terminar su turno, para llevarlo a su casa, tirarlo a la basura o lo que considerara conveniente.

Un think tank de biólogos y ecofriends (externo a empresa D, por supuesto) se reunió en un café para analizar por qué la prohibición. Surgieron varias hipótesis, que resultaron, todas ellas, falsas: que el cactus en cuestión era un Carnegiea Gigantea (Saguaro) [2] que ocupaba varios escritorios; que el cactus era un peyote, y que su presencia era inconveniente porque ya no era necesaria más creatividad en la organización; que un enjambre de abejas enloquecidas podría invadir la oficina, buscando la única flor que el cactus produce cada dos años; que el cactus produce alérgenos que superarían por mucho el efecto de la contaminación en la Ciudad de México; etc.

Pero no habiendo una explicación biológica para esta prohibición, la situación se torna siniestra.

Sabemos que la adopción de ciertas culturas organizacionales mejora el desempeño organizacional, ya que afecta aspectos como trabajo en equipo, valores, reglas del juego, etc. Sin embargo, la cotidianidad organizacional ha tergiversado esto y la gente cree que cualquier práctica que suene interesante se traduce en un cambio cultural y, mágicamente, en un mejor desempeño.

Hay relaciones entre la cultura y el desempeño que operan en el trasfondo organizacional [3] y cuyo análisis conduce a un dilema: (i) si la cultura organizacional tiene impacto en el desempeño, un cambio en la cultura debe conducir a un cambio observable en el desempeño; (ii) si la cultura organizacional no tiene impacto en el desempeño, cualquier intento de cambio cultural está relacionado, más que con el desempeño, con reacomodos políticos que utilizan el término cultura para suavizar el golpe.

La segunda parte del dilema cae en el terreno de la ética, ya que aprovechar la fluidez del término cultura para disfrazar regateos políticos es una importante falta a la verdad [4].

Entre paréntesis, encima de la esfera del desempeño económico, hay cambios culturales éticamente necesarios, como los relacionados con las prácticas de acoso sexual en el trabajo. Algún economista desorientado intentará monetizar el costo de este tipo de comportamiento, alegando que tiene relación con la rentabilidad y que el mercado se encargará de corregir, pero cuando se monetiza la ética, navegamos hacia los arrecifes sin remedio [5].

Regresando al tema, habrá que ver qué giro toman estas nuevas prácticas en la cultura de la organización D, porque la cultura no se puede imponer: algunas de las nuevas prácticas serán subsumidas en la cultura anterior, que les dará un nuevo significado y serán martilladas hasta que se amolden a ella. Y en el peor de los casos, la nueva cultura será sólo una simulación [6]. Sólo las prácticas que tengan valor para la comunidad serán adoptadas como legítimas; las demás serán seguidas, pero no creídas ni vividas, porque poderoso caballero es Don Dinero.

Pero seamos pacientes: ya casi están listas las estadísticas que demuestran que, si no hay cactus en los escritorios, el valor de las acciones de la empresa sube.

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[1] Organimoto es un término acuñado por el sabio Guillermo Granados
[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Carnegiea_gigantea
[3] La cultura es tácita, intangible y dinámica, de manera que se deben tener las herramientas adecuadas para observarla
[4] Franca, O. (2011) Ética empresarial y laboral, Montevideo: Magro/Universidad Católica, p. 161.
[5] …ya que esta forma de pensar constituye una ética utilitarista, contra perspectivas éticas más sólidas.  Franca, O. (op. Cit), p. 77.
[6] Fleming, P. Sturdy, A. (2011) “Being yourself in the Electronic Sweatshop: New Forms of Normative Control” Human Relations, 64, 2, pp. 177-200

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