Para C.A.S.
Subproducto de la cuarentena por la epidemia de SARS-CoV-2 (Severe Acute Respiratory Syndrome COrona Virus-2) ha surgido una nueva epidemia: el SBD-20 (Síndrome de los Burócratas Desinhibidos-20).
Como si Hades hubiera abierto de par en par las puertas de sus dominios, una horda de obsesivos, compulsivos, controladores, ávidos, nimios, insaciables, carceleros, pacemakers, vacuófobos, planificacionistas, negreros, tiranos, déspotas, quisquillosos, dictadores de cubículo, explotadores, perfeccionistas, apremiantes, alineadores y
alienadores, metódicos y tiquismiquis, sufren un ataque severo de desinhibición y, atropelladamente, dan rienda suelta a sus irresistibles impulsos hacia un orden a todas luces irracional.
Como fuera vaticinado hace muchos años, «su número es como la arena del mar» (Apocalipsis, 20:7). Angustiosamente entercados en la crisopeya de transformar una ineludible crisis en una jornada común y corriente, propicia para un día de campo en praderas de lavanda, no se atreven a sumergirse en las turbulentas aguas de la nueva realidad. Y con razón, porque en este nuevo escenario del trabajo a distancia, sus actitudes, competencias y gesticulaciones se vuelven inoperantes.
Los síntomas de este síndrome son claros: primero surge una sensación de estar solo en un mar de escritorios y el consecuente miedo al vacío, con una sensación de ser arrastrado hacia el abismo por la fuerza de la irrelevancia. Después, producto del continuo stress, las funciones cognitivas se limitan y se centran en la supervivencia y el refugio en los comportamientos que siempre han resultado efectivos. La opciones desaparecen de la mente del afectado y su mundo se transforma en una prístina cuadrícula de Excel, en la que se plasman “metas”, avances, semáforos, etc.
El infecto no logra entender que esas prácticas no tienen sentido en la crisis, y que se requieren nuevas formas de pensar, de actuar y de dejar actuar. (El mecanismo detrás de los síntomas le ha permitido a nuestra especie y a muchas otras sobrevivir el ataque de tigres con dientes de sable y mamuts enfurecidos, así que lo llevamos firmemente grabado en el cerebelo, pero en la realidad actual, las amenazas no son entidades concretas sino abstractas, producto de los sistemas diseñados por nosotros.) Para él, se vuelve imperativo tener control sobre la situación.
Se piden listados de metas que nunca se habían acordado. Se solicitan de nuevo datos que ya están en todas las bases de datos de la organización. Se encomiendan diagramas de precedencia que nos empujan hacia un topos que sólo en las febriles alucinaciones del paciente es posible alcanzar porque el mundo hacia el que íbamos antes de la crisis ya no es posible. Se exigen controles de actividades diarias para verificar el avance de procesos de alcance mensual. Se convoca con irritante frecuencia a reuniones por Zoom, Teams, Skype o cualquier herramienta que le permita al infectado sentir que sus palabras no se pierden entre los cables de internet [1]. Las personas empiezan a dedicar más tiempo a llenar tablas y cuadros de control, que a hacer su trabajo; la conversación gira ahora sobre cuántas tablas faltan por llenar y si sabes como completar la columna AA32, que algún enajenado consideró importante incluir. Ya nadie hace trabajo valioso [3]. La tropa aprende rápidamente a curarse en salud y genera tal maraña de actividades y metas que sólo un milagro permitiría realizar.
Pero lo más preocupante es que los agentes inteligentes ya no aparecen en el radar de la contagiada [4]: ella y sólo ella tiene el mapa hacia la salida; nadie más entiende, nadie más sabe [2]. La inteligencia del grupo es ignorada en un epistemicidio fatal [5], y esto es particularmente grave en los trabajos con alto nivel de experiencia, capacitación y conocimiento. Los mecanismos de exploración de alternativas, de experimentación, de reflexión y de comunicación son destruidos por el apestado, y eso sólo conduce a soluciones triviales e inapropiadas. Las oportunidades que produce la crisis son ignoradas.

Y una vez pasada la crisis, surge la justificación de los actos. Y ante la epifanía de la nueva realidad, todo mundo está tan atareado armando un nuevo rompecabezas con las piezas sobrevivientes que no hay tiempo para explorar a fondo, para sumergirse en un proceso de hacer historia en serio, y descubrir que una hoja de cálculo nunca nos ha sacado de una crisis.
[1]Alguno de mis jefes me hacía atravesar media ciudad para darme alguna instrucción, porque decía que “necesitaba verme a los ojos” cuando lanzaba el petardo. Skype no existía entonces… pero sí el teléfono.
[2] En los mundos de la fantasía y de la literatura costumbrista de la administración a eso le llaman “liderazgo”.
[3] Esto se llama goal displacement y es una de las razones de pérdida de efectividad en las organizaciones.
[4] Esta es una forma polite de decir que a todo mundo lo empiezan a tratar como un imbécil.
[5] De Souza.